Por: Fefe
Foto: Internet a
10 de febrero de 2025
El Super Bowl es, sin duda, uno de los eventos más esperados en el calendario estadounidense. No solo por el fútbol, sino también por su espectáculo de medio tiempo, que cada año se convierte en una ventana hacia las tensiones y victorias culturales del país. Este año, el show del medio tiempo protagonizado por Kendrick Lamar fue un acto de reivindicación que hizo más ruido que las propias jugadas en el campo. Y si lo que se busca es el espectáculo, lo consiguió. Pero más allá de la música, de la coreografía y las luces, este show fue un poderoso recordatorio de la historia silenciada de Estados Unidos.
Lamar, como cabeza visible del show, no estuvo solo. Le acompañaron figuras legendarias como Serena Williams, una de las deportistas más influyentes de todos los tiempos, y Samuel L. Jackson, quien interpretó al «Tío Sam» en una representación visual que no pudo ser más simbólica. Esta presencia de afroamericanos en el escenario no fue casual. En un país que, a pesar de haberse fundado bajo la bandera de la libertad, tiene un historial complicado y sangriento en cuanto al trato de sus poblaciones negras, este show fue un grito de «aquí estamos» en uno de los eventos más televisados del planeta.
¿Por qué es relevante? Porque Estados Unidos fue prácticamente edificado sobre las espaldas de los afroamericanos. Y no me refiero a una construcción metafórica, sino literal. Muchas de las estructuras más emblemáticas de este país, desde la Casa Blanca hasta las plantaciones que definieron su economía en el siglo XIX, fueron erigidas con el sudor y la sangre de millones de esclavos africanos. En ese entonces, la «libertad» estaba reservada para los blancos. Y no hay que ser historiador para saber que en este país, donde supuestamente todos nacen con los mismos derechos, la esclavitud de personas negras era legal. ¿Cómo se puede celebrar la «tierra de los libres» cuando la libertad nunca fue para todos?
El show de medio tiempo no solo era una cuestión de celebración cultural. Kendrick Lamar, Serena Williams y Samuel L. Jackson no eran meros artistas invitados, sino símbolos de resistencia. En ese escenario, ellos se erigieron como protagonistas de un país que sigue luchando por aceptar que fue construido por las manos de aquellos a quienes aún mira con desdén, muchos de los cuales siguen siendo víctimas de discriminación. Si algo nos enseña este show, es que los afroamericanos, desde el mismo principio de la fundación de Estados Unidos, han sido una pieza clave en la creación de su potencia económica. Sin embargo, mientras el país celebraba su grandeza, les negaba la igualdad de derechos.
El hecho de que este acto de afirmación cultural haya sido transmitido a millones de personas en todo el mundo dentro de uno de los eventos más significativos de la cultura popular estadounidense, en pleno segundo mandato de un presidente que representa la cara más visible de la supremacía blanca, no es un dato menor. Donald Trump, cuyo gobierno se caracterizó por el menosprecio a las minorías, especialmente a la comunidad afroamericana, es un símbolo de todo lo que este show de medio tiempo vino a cuestionar. En un país que hace poco votó por un hombre que literalmente ganó su apoyo entre quienes aún sueñan con un «pasado glorioso» de supremacía blanca, el mensaje de Kendrick Lamar y sus colegas fue claro: estamos aquí, tenemos voz, y no olvidamos.
El Super Bowl es el escaparate más grande del país, y el hecho de que este show del medio tiempo se haya convertido en un recordatorio tan directo de la historia de Estados Unidos y sus contradicciones es algo para pensar. En lugar de ignorar su pasado y seguir celebrando una «historia blanca», el show de Kendrick Lamar nos obligó a mirar cara a cara esa historia de opresión, lucha y resistencia que sigue viva en cada rincón de este país. En una nación que todavía se esfuerza por superar las cicatrices del racismo, qué mejor manera de decirlo que a través de la música, la cultura, y la historia puesta en el escenario para millones de espectadores.
Al final del día, el Superbowl nos recordó, con todas sus luces y ritmos, lo que Estados Unidos nunca ha querido admitir completamente: sin los afroamericanos, no existiría ni la cultura ni la prosperidad de este país. Y si los espectadores estaban buscando solo entretenimiento, entonces, por suerte, tuvieron un show que nunca olvidarán. Porque a veces, la historia, aunque incómoda, tiene que ser vista, y qué mejor lugar para verla que un estadio lleno de gente, viendo cómo el pasado sigue hablando, incluso en tiempos de supremacía.
